Cuando era pequeño y no tenía Internet, abría Internet Explorer y al escribir en la barra de direcciones imaginaba cómo mis palabras salían del conector de red (que no estaba conectado a ningún cable) y volaban por el aire.

Coincidió con el comienzo de mis inquietudes religiosas y se me ocurrió que era una buena forma de rezar, así que lo intenté. También pedía deseos y escribía cosas que quería decir en voz alta, pero me daba vergüenza.

Como un año después descubrí que existía el historial y todos mis escritos se habían guardado. Cuando los releí me di cuenta que no se me había cumplido ningún deseo, que a Dios le había dado igual lo que había rezado y que las cosas que me daba vergüenza decir eran tonterías… años después cuando comprendí cómo funcionaba Internet, además me sentí ultra estúpido.

Este tipo de memoria servirá también para rezar digitalmente.

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